• Los niños son las primeras víctimas de las cuitas de sus padres. Nuestra agresividad atraviesa su piel

Mientras los mayores se adentran en un laberinto que contiene todos los ingredientes de la naturaleza humana, lo mejor y lo peor, los niños se empapan de cada movimiento. Niños que pasean por calles engalanadas de banderas, que quizá han ayudado a colocarlas en sus balcones o que la lucen en alguno de los múltiples productos decorados con la estelada.

Niños que quizá han acompañado a sus padres a alguna de las Diadas multitudinarias de los últimos años. Y no, eso no es adoctrinamiento. Es, simplemente, formar parte de los actos sociales que su familia cree que son relevantes, que les identifica. Del mismo modo que otros niños fueron a las manifestaciones del ‘No a la guerra’ o acompañaron el silencio contra ETA cuando Ernest Lluch fue asesinado. Los niños forman parte de su familia y de su entorno, también de los anhelos compartidos.

Dividir a los vecinos entre buenos y malos 

Pero hoy, esos niños es posible que hayan visto atemorizados las cargas policiales del 1-O, que escuchen en sus casas o en la calle o en el colegio palabras que creíamos acalladas en nuestra sociedad: enemigos, traidores, fachas, nazis… Niños que empiezan a dividir a sus vecinos entre buenos y malos. Y que también empiezan a sufrir esa fracción.

El Instituto de Educación Secundaria El Palau de Sant Andreu de la Barca, en Barcelona, niega que ningún profesor recriminara a los hijos de guardias civiles la «violencia policial» ejercida por el cuerpo durante el 1-O. Quizá no fue así, pero 200 estudiantes de ese instituto sintieron que ese acoso fue cierto y se manifestaron en apoyo de sus compañeros. Gran lección por parte de los alumnos que van a las aulas para aprender. Aunque basta con detenerse a pensar un minuto en la angustia que pudieron sentir esos pequeños para que suenen las alarmas.

Responsables de las cicatrices

¿Todos los que vomitan burlas, insultos o incluso amenazas en las redes son conscientes de que quizá las personas contra las que cargan tienen hijos? ¿Y que, quizá, esos niños más pronto o más tarde se acercarán a las pantallas y verán ese odio derramado o que otros niños de la escuela reproducirán lo que han oído contra sus padres? Por no hablar de comentarios deplorables como los del exjugador del Barcelona Hristo Stoichkov, que, mostrando una fotografía de Soraya Sáenz de Santamaría, declaró: «Su abuelo, franquista. Su padre, franquista. Esta, franquista también. Y su hijo». El hijo… tiene 6 años.

Reconozcámoslo, las imágenes bucólicas de los amigos abrazados o la joven pareja que se besa envueltos en banderas distintas no aguantarán un altercado más. Los niños son las primeras víctimas de las cuitas de sus padres. Nuestra agresividad atraviesa su piel. Y el mundo se convierte en un lugar inhóspito, inseguro y hostil cuando el rencor se cuela en él. Más que nunca, el papel de los padres, la escuela y la sociedad en general es determinante para que no anide el rencor ni la inquietud en los más pequeños. Al fin, los niños solo merecen ser felices. Y todos seremos responsables de las cicatrices que produzca nuestra incompetencia.