La cúpula del independentismo lo ha vuelto a hacer. Cada vez que se encuentra en un atolladero, recurre a la “astucia”. Esta vez en forma de enunciado alambicado y retorcido, un redactado pergeñado para contentar a muchos y que no va a gustar a casi nadie.

La esperada frase de Carles Puigdemont no fue el “proclamo la independencia” solemne que esperaban los miles de seguidores que aguardaban frente al Parlament ni las decenas de periodistas de medio mundo. El president anunció que asumía el resultado del 1-O y, por tanto, “el mandato de que Catalunya se convierta en Estado independiente”. ¿Cuándo? No hay plazo. Depende de un diálogo sobre “los resultados” del referéndum que sabe con seguridad que no se va a abrir porque es imposible emprender una negociación con estas premisas. Han ganado los partidarios de una declaración unilateral de independencia (DUI), algo temerosa y en diferido, aunque la frase sea suficiente como para que el Gobierno del PP no pueda quedarse de brazos cruzados. Es una declaración que no se votó, que no será publicada en el Diari Oficial de la Generalitat y que no provocó un estallido de celebraciones en las calles como se supone que haría un pueblo que anhela ese instante desde hace tiempo, pero que puede activar el fatal artículo 155 de la Constitución.

¿Qué ha hecho exactamente Puigdemont?: ¿Una proclamación de independencia?, ¿una declaración de intenciones para el futuro?, ¿un ejercicio retórico?, ¿un desafío al Estado?, ¿una provocación a Rajoy?, ¿una marcha atrás?, ¿otra estratagema para prolongar el proceso”? Seguramente es un poco de todo ello. Es una proclamación de independencia si provoca la reacción contundente del Gobierno central. Es una declaración de intenciones futuras porque, aunque la Moncloa no se la creyera, anuncia la pretensión de continuar por el mismo camino. Es un ejercicio retórico porque nadie tiene claro qué diantre ha declarado con precisión el president. Es una provocación a Rajoy porque el jefe del Ejecutivo central no puede contemplar esto sin mover un músculo. Es una marcha atrás porque su aplicación no es inmediata como se prometió por activa y por pasiva. Y, sobre todo, es otra táctica para prolongar el proceso, que ya se puede calificar de inacabable.

De estos últimos días de presiones a Puigdemont en uno y otro sentido no podía salir nada coherente. Ayer por la mañana ganaba la DUI en diferido, a mediodía lo hacía una versión suave con apelación al diálogo cuyo contenido varias personas de los gobiernos catalán y central comentaron de manera informal, y por la tarde se volvió a la primera versión, retocada al alza. La CUP, que apenas ha sido consultada estos días, impuso que los diputados firmaran una declaración al acabar el pleno de la declaración.

Tantos equilibrios se deben a la necesidad de evitar que Rajoy active la suspensión de la autonomía al mismo tiempo que se satisface a las entidades soberanistas y se evita que la CUP dé un portazo. Una cabriola imposible de ejecutar sin que se rompa algo en el intento. De hecho, a punto estuvo de romperse la unidad del independentismo a causa del enfado de los cuperos.

La sesión acabó con todos los diputados de Junts pel Sí y la CUP en la sala de actos del Parlament, fuera del hemiciclo, estampando su firma en una declaración que reza: “Constituimos la República catalana”. Un gesto exigido por los cuperos, a los que les pareció insuficiente el discurso de Puigdemont. Un texto que carece de validez jurídica, pero con el que se intenta preservar la unidad del independentismo, que ayer estuvo más cerca que colapsar y desembocar en unas elecciones.

Puigdemont escribió ayer su particular capítulo en la historia, pero la gran ironía es que su declaración de independencia, que acaparó una atención internacional impresionante, sólo lo será si Rajoy la considera proclamada y actúa en consecuencia.