Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, tiene previsto comparecer personalmente ante la comisión del Senado que, a partir de hoy, tramitará la propuesta de aplicación del artículo 155 de la Constitución en Catalunya. De hacerse efectiva, dicha aplicación comportaría la suspensión de la autonomía catalana, empezando por el relevo del propio president y de su Govern. Y terminando, a partir del próximo fin de semana, con cuatro decenios de autogobierno sin parangón en la historia.

La decisión de Puigdemont de personarse ante dicha comisión es una buena noticia. La cuenta atrás está agotándose. Sólo una actitud valiente y auténticamente patriótica del president, más allá de las soflamas, el victimismo o las llamadas a la desobediencia que patrocina la CUP, puede contribuir a evitar un mal mayor. Con tal fin, es imprescindible que Puigdemont aproveche su visita al Senado para hacer una propuesta constructiva. Ni siquiera al Gobierno le apetece el 155.

El presidente de la Generalitat se comprometió al aceptar el cargo a llevar Catalunya hasta las puertas de la independencia. Eso es algo que ya ha hecho. No ha sido, sin embargo, una operación gratuita. Todo lo contrario. En pocas semanas, más de mil empresas catalanes han trasladado sus respectivas sedes allende el Ebro. Por no hablar de algo más grave: la fractura en dos de nuestra sociedad. No, no ha sido una operación gratuita. Aunque es cierto que su coste puede todavía aumentar, hasta niveles inasumibles.

Conviene evitar tal peligro. Puigdemont puede aprovechar su visita al Senado para, si lo considera conveniente, presentar una lista de agravios. Pero, ante todo, debe aprovecharla para tratar de eludir el desastre que se avecina para todos, de modo indiscriminado, si la situación se deteriora más. Sería muy pertinente que Puigdemont, dando nuevo vuelo a sus reiteradas ofertas de diálogo, anunciara la única medida política a su alcance –y no por mucho tiempo– para reconducir la situación: la convocatoria de elecciones autonómicas dentro del marco legal. El Cercle d’Economia se sumó ayer a las diversas voces que solicitan tal medida. Eso nos permitiría a todos recuperar un marco de convivencia que ha sido vulnerado desde las instituciones. Y permitiría de paso hallar la salida del laberinto en el que se ha encerrado a los catalanes.

Cualquier otra solución sería lesiva para los intereses de Catalunya. Lo sería, por supuesto, una declaración unilateral de independencia, que abonaría la intervención estatal y podría acarrear serias penas para sus impulsores. Las cosas no se han hecho bien en Madrid. Pero tampoco aquí. Ayer Le Monde, un diario que suele expresar algo más que atención por la causa catalana, publicaba un editorial en el que reprochaba a Puigdemont su pérdida de respeto por la democracia y al independentismo, su “cuanto peor, mejor”.

El president debe huir como del fuego de ese “cuanto peor, mejor”. Ahora mismo, aunque parezca paradójico, avanzaría más con una prudente pausa que con una huida hacia delante. No es hora para nuevos desafíos, ni para portazos, ni para defraudar a esa mayoría que pide sensatez, calmar la inestabilidad social y contener la hemorragia económica. Ni para corear consignas ­radicales que ya llaman, con creciente temeridad, a la lucha callejera. Exhortamos formalmente al president Puigdemont a aprovechar esta última ocasión en el Senado y, así, a frenar el deterioro catalán.