Si no hay cambios de opinión, “Vota por mí” es uno de los lemas que se barajan para la campaña de Carles Puigdemont. En esa sencilla frase se condensan dos mensajes clave. El primero explota el culto al líder, a la personalidad del expresidente de la Generalitat como el único que se ha atrevido a llevar al Parlament una declaración unilateral de independencia. Se subraya con esa sentencia su credibilidad en el mundo independentista y se refuerza en ese sector de la sociedad la imagen de un presidente legítimo, aunque exiliado, como guía político. El segundo de los mensajes que pretende transmitir el eslogan es una apelación a los ciudadanos para que ejerzan el derecho al voto que supuestamente se habría hurtado al expresident y los exconsellers del PDECat encarcelados por “la represión” del Gobierno central.

La campaña será así muy personalista, en consonancia con la voluntad de Puigdemont de confeccionar una lista propia, Junts per Catalunya, sin tener demasiado en cuenta a su partido. El presidente cesado tuvo claro desde el principio que no concurriría bajo las siglas del PDECat, ya que consideraba que así no tenía ninguna posibilidad de ser el más votado. Puigdemont no se presenta como el candidato de un partido, sino que pretende situarse como el aspirante a presidir la república, aunque no pueda tomar posesión. Está convencido, según explica su entorno, de que puede ganar las elecciones con un llamamiento a los catalanes independentistas a legitimarlo con su voto en el cargo y desautorizar así la aplicación del artículo 155.

Puigdemont también ha comentado a sus conocidos que confía en que Bélgica no le extraditará. La justicia belga tomará una decisión al respecto el 4 de diciembre. Si no se le extradita, nos situaríamos en el escenario mencionado, pero si el tribunal le entrega a las autoridades españolas, el expresident tiene dos opciones: recurrir y continuar en Bruselas o asumirlo y regresar en plena campaña electoral, lo que implicaría su arresto y probable ingreso en prisión, un golpe de efecto que relanzaría sus opciones de ganar las elecciones. En sus conversaciones con colaboradores ha manifestado que cree que deberá vivir durante mucho tiempo en Bruselas y que ejercería de presidente en el exilio.

En cualquier caso, su discurso girará en torno a la existencia, a partir de las elecciones, de dos presidencias. Una presidencia de la república que encarnaría él y una ejecutiva, una especie de primer ministro, que recaería en un dirigente de ERC o del PDECat en función de cuál de las dos listas gane las elecciones. Este es el lenguaje que se va a imponer en la candidatura de Puigdemont, pero que también Esquerra ha optado por asimilar. Lo contrario supondría abdicar de la proclamación de independencia. Al fin y al cabo, los republicanos no tienen inconveniente en asumir que haya un “presidente legítimo en el exilio” si ellos ostentan el poder real al frente de la Generalitat.

De hecho, Oriol Junqueras ya se ha referido en sus escritos a Puigdemont como el president en el exilio y lo seguirá haciendo si finalmente sale de prisión y puede participar en la campaña. En ese escenario, en el que Junqueras contará con la ventaja de su presencia en los mítines y actos electorales, cobraría más sentido la segunda acepción del lema de Puigdemont, la de pedir a los catalanes que voten por él, aunque en realidad puede hacerlo por correo.

El discurso de los dos presidentes permite a Puigdemont y Junqueras mantener el espíritu de la proclamación de la independencia, aunque en la práctica no tenga ninguna consecuencia. Porque lo relevante será el resultado electoral y, en concreto, el porcentaje de voto de los tres partidos que abogan con nitidez por la separación. Si se sobrepasara el 50%, esos partidos se verían obligados a mantener el relato del procés, sobre todo teniendo en cuenta que Puigdemont forzaría la máquina del enfrentamiento con el Estado español. En cambio, si el porcentaje se sitúa por debajo de esa cifra, tanto en Esquerra como en el PDECat son conscientes de que se impondrá una reorientación de la estrategia y de los plazos, aunque el lenguaje de la beligerancia tarde en remitir.