• A punto estuvo Puigdemont, hace justo un mes, de convocar las elecciones de madrugada. Pero una prórroga fatal desató los chantajes y deslealtades que doblegaron su voluntad

Madrugada del 26 de octubre, hace justo un mes. El estado mayor del ‘procés’, reunido en el Palau de la Generalitat, pasa en pocas horas del negro al blanco tras transitar por el gris, variante cromática proscrita, por ambigua, en la paleta independentista. Envalentonadas al inicio, se apagan las voces partidarias de declarar la independencia en el Parlament y plantar cara al Estado en la calle. Las inquietantes revelaciones de Carles Puigdemont las hacen enmudecer.

El cansancio y el abatimiento asoman en el rostro del ‘president’, que en las últimas horas ha intensificado los contactos para resolver un dilema crucial para el futuro de Catalunya: aprobar la DUI y perder el autogobierno, vía artículo 155, o enterrarla y preservar la dignidad institucional procediendo al adelanto electoral.

Basándose en datos fiables o meras elucubraciones, Puigdemont asegura a sus interlocutores que la unilateralidad y la resistencia civil al 155 desatará una “oleada represiva sin precedentes” por parte del Estado, que, según sus enigmáticas fuentes, está dispuesto a poner “muertos sobre la mesa”. Frente a tan dramático augurio, también dice tener “garantías” del Gobierno, a través de distintos mediadores, de que la renuncia a la DUI dejaría en suspenso la aplicación del 155, facilitaría la retirada de los efectivos policiales desplegados en Catalunya y apaciguaría a la fiscalía.

Para disgusto de algunos, el ‘president’ no oculta su preferencia: salvaguardar el autogobierno y ampliar la mayoría independentista en unos comicios sin injerencia estatal.

LA ‘RAUXA’ DE COMPANYS

Hacia las dos de la madrugada casi todos aceptan, vencidos o resignados, el mal menor de las urnas. A punto está de firmarse la convocatoria esa misma madrugada, idea al fin desestimada para poder compartir el traumático requiebro con el resto del Govern y los diputados de Junts pel Sí.

Es esa prórroga fatal la que desata la cadena de chantajes y deslealtades que doblegan la voluntad de Puigdemont. Quien, pudiendo emular el ‘seny’ de Tarradellas, se apuntó, en mala hora, a la suicida ‘rauxa’ de Companys. El resto de la historia está aún por escribir.