• Cada partido, cada bloque, lee la parte del resultado que le interesa y se cree legitimado para lo que le conviene

Es frecuente que se le pidan peras al olmo. Por ejemplo: un rey de España es un rey de España, y pretender que en sus intervenciones públicas se aparte del estrecho camino en el que debe moverse (por ley, por sentido común, por sentido de Estado) un monarca es, de por sí, o un acto de ignorancia o un acto de mala uva que solo busca una suerte de profecía autocumplida: «¿Ves? No se ha movido ni un ápice de su posición. Ahí sigue, enrocado en su orgullo y su satisfacción». ¿Y qué esperaban? ¿Que el Rey se envuelva en la bandera republicana?

Eso sí, en los límites del sendero por el que puede transitar, el monarca elige a qué ritmo y con qué espíritu. Comparada con el discurso institucional del pasado octubre sobre la crisis catalana, la (corta) referencia a Catalunya en el mensaje de Navidad fue generalista y escueta en adjetivos, alejada de la contundencia de aquel mensaje otoñal que tan mal cayó entre muchos catalanes y tan bien entre muchos españoles. En los límites que le marca su propio sendero, fue lo más parecido a un wait and see.

Eufemismos

«Hace unos días, los ciudadanos de Catalunya han votado a sus representantes en el Parlament, que ahora deben afrontar los problemas que afectan a todos los catalanes, respetando la pluralidad y pensando con responsabilidad en el bien común de todos», dijo el Rey. En términos procesistas, eso se llama «leer el resultado»  y «escuchar el mandato democrático». Son eufemismos, claro, cada uno (cada partido, cada bloque) lee la parte del resultado que le interesa y se siente legitimado por el mandato democrático que le conviene. Pero eso no significa que no haya algunas certezas. La más evidente, que ni la independencia ni el statu quo tienen el indiscutible apoyo mayoritario de los catalanes. Los independentistas tienen un obstáculo insalvable: ni la represión ni la cárcel ni el 155 convierten en un mandato democrático de «el pueblo catalán» a cerca de 2.100.000 votos sobre un censo de 5.322.269. Es un legítimo mandato para gobernar gracias al juego parlamentario y la ley electoral, pero no para la independencia, ya que ni siquiera supera el 50%.

Los defensores del statu quo (o de recentralizarlo aún más, o de reformarlo un poco, casi que no se note) tienen otro problema: sus votos (da igual la suma, Ciutadans + PP; Ciutadans + PP + PSC) tampoco son un mandato democrático mayoritario del pueblo catalán, cómo va a serlo si atesoran menos votos que los independentistas. Y así la complejidad catalana llega a su paradoja más esplendorosa: en la suma de debilidades de dos bloques fuertes pero no lo suficiente como para ostentar un mandato democrático mayoritario, es en los puntos medios que han sido muy castigados en las urnas donde radica la única salida posible a (un relativo) corto plazo. A largo plazo, hay otra: que uno de los dos bloques crezca y se meriende al otro, con lo que ello conlleva. Es lo que tiene ser una sociedad profundamente dividida.

Pedir peras al olmo

Que cada cual (no solo los políticos, los ciudadanos también) elija qué tipo de salida prefiere: vencer o convivir. Mientras, felicidades a todos los que han trabajado tan duro para lograr la división de Catalunya en dos. Han triunfado. Solicitar a hiperventilats e inmovilistas, a quienes tienen prisa y a quienes solo quieren ir hacia atrás, que «piensen con responsabilidad en el bien común de todos» también es, a su nivel, pedirle peras al olmo.