El escándalo del 3% ha vuelto a crear graves contradicciones en el seno de Junts pel Sí

La semana pasada, Artur Mas sorprendió pidiendo comparecer en el Parlament para explicar las razones del adelanto electoral. Una petición inaudita y políticamente injustificable. Nunca una convocatoria había sido anunciada y debatida con tanta anticipación como la del 27-S. Se trataba, pues, de una maniobra con la que Mas quería ganar protagonismo, marcar el inicio de la precampaña tras las vacaciones y deshacer algún entuerto tras las contradictorias declaraciones de Raül Romeva sobre si estaba claro o no quién ocuparía la presidencia de la Generalitat en caso de victoria separatista. Pero el tiro le ha salido por la culata. Los registros que efectuó la Guardia Civil el viernes pasado han devuelto al primer plano el famoso 3% de las mordidas convergentes que ya en su tiempo denunció Pasqual Maragall. El escándalo ha vuelto a crear graves contradicciones en el seno de Junts pel Sí, cuyo programa promete un ‘nou país’ libre de todas las lacras, pero con la corrupción en sus filas.

La comparecencia finalmente se pareció a una comisión de investigación en la que el ‘president’ se presentó como víctima de una persecución inquisitorial. Pero no quiso poner la mano en el fuego por su partido ni asumir ninguna responsabilidad de ser ciertas las sospechas. Es verdad que se defendió como gato panza arriba. El 27-S se lo juega todo y se siente políticamente acorralado, pero no salió airoso en ningún sentido. Fíjense en el detalle de su mandíbula, cada vez más desencajada. Su teoría de que las empresas amigas calculaban las cuantías del 3% para no pagarlas, y por eso figuran en los papeles hallados en la caja fuerte del empresario Jordi Sumarroca, es de un cinismo extraordinario. Desde la oposición, PSC, PP, ICV-EUiA, C’s y, por primera vez, UDC, le arrearon con estilos diferentes e intensidades variables. Estuvo bien el socialista Miquel Iceta cuando dijo que Mas “ha sido el peor ‘president'” desde que se recuperó la Generalitat en 1977.

Mas ha convocado unas elecciones diseñadas para no debatir su gestión. Tanto es así que no piensa participar en los debates. Concurre de número cuatro de una extraña lista patriótica-partidista que se verá beneficiada por la sobrerrepresentación de Lleida, Girona y Tarragona en relación a su población real en el conjunto de Catalunya. Si fuera proporcional, a la provincia de Barcelona le corresponderían 16 diputados más. Ha elegido el 27-S porque en el área metropolitana el puente de la Mercè puede anestesiar a un porcentaje elevado de votantes no nacionalistas. La persistente abstención de los que sí votan en las generales le pone fácil alcanzar los 68 diputados, esta vez con la ayuda de la CUP. Como viene ocurriendo en las elecciones catalanas desde 1984. Excepto que suceda lo inesperado y el tiro le salga por la culata.