Analizar una sesión parlamentaria sobre la marcha -aunque queda el recurso a la enmienda final- no favorece el mejor juicio. Tras escuchar la primera intervención de Artur Mas y las primeras réplicas creo que se pueden sacar algunas conclusiones.

La primera es que Mas ha sido un presidente batallador que se ha ido convirtiendo en obsesivo y monotemático. En la explicación de su razón para volver a convocar elecciones anticipadas por segunda vez en dos años -algo muy extraño en un país normal-, el ‘president’ se justificó exclusivamente en que se había demostrado imposible que el Estado español aceptara un referéndum de autodeterminación. Mas -que fue elegido contra el tripartito en el 2010 como un candidato ‘business friendly’ y luego gobernó casi dos años con el PP- tiene todo el derecho de haberse convertido al independentismo y de aliarse con el socio más inestable de aquel tan «funesto» tripartito.

Vale. Pero la primera función del presidente de la Generalitat es gobernar. No puede ser que desde el 2012 -cuando se ha vivido la crisis económica más fuerte desde 1929, una crisis moral profunda y grandes cambios a nivel mundial- el único objetivo del Ejecutivo catalán sea conseguir con urgencia un referéndum de autodeterminación. Hasta el punto de decidir avanzar las elecciones que tocaban dentro de un año y a las que se podía concurrir -si así se quería- con la misma intencionalidad que ahora. O Mas se ha convertido al fundamentalismo o no está interesado ni en el ejercicio de gobernar -algo duro en plena crisis y con mayoría absoluta del PP en Madrid- ni en justificar los escasos resultados -esfuerzo presupuestario aparte- de su escasa gestión de cinco años.

Lo que ayer quedó claro es que Mas ha pasado del legítimo objetivo independentista a la obsesión. Hasta el punto de decir con desparpajo total que el 27 de setiembre se contarán síes y noes cuando sabe que eso divide profundamente a la sociedad catalana. Y que sobre una sociedad tan dividida (la última encuesta del CEO cifra el independentismo en el 42%) es difícil construir nada. Ni un nuevo Estado europeo ni una negociación seria con Madrid para lograr mejor financiación y mayor autogobierno.

EL ETERNO ASUNTO DEL 3%

Pero la sesión tenía que abordar las sospechas de corrupción tras el registro en CDC y el eterno asunto del 3%, resucitado tras un caso de Torredembarra denunciado por ERC y el PSC. Mas se defendió con habilidad diciendo que no cree en las casualidades y apelando a la poca credibilidad de algunas instituciones del Estado. Tiene su razón (ahí está el patinazo sobre las cuentas suizas de Xavier Trias) y sus argumentos sobre el 2009 (con un gran e inesperado elogio al plan E de Zapatero) merecen consideración. Pero el juez instructo de El Vendrell y la fiscalía no son títeres del ministro Jorge Fernández Díaz. Y Convergència no es la única en haber sufrido y echado mano de la victimista denuncia de la violación del secreto sumarial.

Además, la credibilidad de CDC sobre corrupción tampoco es grande. Todos recordamos la irritación de Mas contra Pasqual Maragall cuando denunció -hace ya 10 años- el 3%. Ahí está el escándalo del ‘caso Millet-Palau’. Y la confesión de Jordi Pujol, cuyo hijo era hasta entonces secretario general del partido. Por eso el ‘president’ haría bien en escuchar a Miquel Iceta (buen discurso, como el de Joan Herrera, el de Santi Rodríguez y el de Albert Rivera, que tapó a su candidata, Inés Arrimadas) cuando le pidió que se comprometiera a aceptar responsabilidades si al final CDC es condenada en algún caso. Por cierto mala réplica de Mas al socialista escondiéndose en el tesorero del partido.