• Homs puede clamar contra las “represalias”, pero no cumplía ni una sola condición para obtener grupo

El partido de las mayorías durante dos decenios en Cataluña; el hacedor de los Gobiernos de minoría en España; el que más leyes comunes pactó, la antigua Convergència, se ha quedado sin grupo parlamentario en Congreso y Senado: sin voz propia —irá al Mixto— y sin una dotación de tres millones.

Le ocurre por su mala cabeza. Puede clamar Francesc Homs contra las “represalias”, pero si no cumplía ni una sola condición para obtener grupo, dependía de la beneficencia ajena. En vez de lanzar bravatas, mejor deben preguntarse los de Artur Mas si no les iría mejor con menos cinismo astuto y más lealtad.

¿Por qué ridiculizan al Constitucional si les reprende sus conductas anticonstitucionales y apelan a él para obtener grupo? ¿Por qué dan lecciones de presuntos “mandatos democráticos” (del 27-S) mientras rompen la legalidad democrática?

Habría sido estimulante que los gestos de deshielo esbozados por el PSOE y más recientemente por el PP hubiesen quebrado el cordón sanitario en torno al nacionalismo y el independentismo catalán, ambos legítimos. Pero son estos quienes los han abortado aprobando en el Parlament una hoja de ruta subversiva, contraria al Estado de derecho y que propugna un referéndum “unilateral”.

Al aceptar la estrategia antisistema de la CUP —súbito republicanismo, secesión exprés, antipactismo, referéndum unilateral—, la antigua Convergència muta en una suerte de CUPergència. Acelera su decadencia: ya es la cuarta fuerza parlamentaria catalana en votos, mantiene en precario la cabeza de la Generalitat (la perdería en otra elección), sufre sangría de militantes y no influye en casi nada. Y en lo que influye no beneficia en absoluto a los catalanes: solo se despeña a sí misma.