• El despropósito de la negociación de JxSí y la CUP para investir a Mas ha derivado en una situación insostenible

El despropósito acabó en empate. La igualada literal (1.515 votos a favor de investir a Artur Mas y 1.515 en contra) en la asamblea de la CUP era el resultado más increíble, pero fue el que se dio ayer. Es un final que culmina todo el esperpento en que se había convertido la negociación entre Junts pel Sí (JxSí) y la CUP para desencallar la investidura, facilitar la formación del nuevo Govern y proseguir el proceso soberanista.

Lo peor no era que Mas y JxSí hubieran aceptado el plan de choque exigido por la CUP. Al fin y al cabo, la organización anticapitalista había cedido mucho en sus pretensiones. Pedía un plan de choque de 3.000 millones de euros y el propuesto es de 270, el proyecto de Barcelona World estaba paralizado de hecho y las privatizaciones se remitían ad calendas grecas, mientras que muchas de las medidas contenidas en el preacuerdo figuraban ya en el programa de JxSí o eran inviables. Nadie podía oponerse a las medidas del plan de choque social. Mucho más criticable era el troceamiento de la presidencia de la Generalitat, y la humillación que representa someterse a un examen a plazo en un año con una moción de confianza ofrecida a un grupo que solo tiene 10 diputados.

Pero lo peor de todo era el procedimiento, la negociación misma con una fuerza política que está en los antípodas de lo que representa Convergència Democràtica, dejando, encima, la última palabra a la CUP, que, en coherencia con su lógica asamblearia, iba a someter la decisión a militantes y simpatizantes, a riesgo de un resultado imprevisible e impracticable como finalmente ha ocurrido. Después de que el proceso soberanista haya provocado escisiones en el PSC, desatado fuertes tensiones en ICV, destruido CiU, dividido a Unió y convertido a un partido no catalanista como Ciutadans en el primero de la oposición en el Parlament, solo faltaba que la CUP se partiese por la mitad, y eso es lo que sucedió ayer en la asamblea de Sabadell.

Ante la inédita e inesperada situación, las asambleas territoriales y el consejo político de la CUP resolverán el empate. Es imprevisible saber qué puede ocurrir hasta la decisión definitiva, el 2 de enero, pero el mal ya está hecho. Por dignidad, Artur Mas no debería seguir por un camino sin salida -el propio Antonio Baños reconoció la noche electoral que el plebiscito no se había ganado- sino dejar paso a unas nuevas elecciones.