• Las opciones de Mas: dejar la Presidència, elecciones con otro candidato de CDC u optar a la reelección, abreviando su reseña en los libros de historia

«Puedo encabezar la lista, y estoy a disposición, pero también la puedo cerrar. Es decir, puedo ser el primero o puedo ser el último.Ya ven que no hay condiciones personales en mi planteamiento.» Ante un Auditorio Fórum de Barcelona abarrotado de afines, el 25 de noviembre del 2014 el ‘president’ Artur Masamagó con su inmolación política si tal era el precio a pagar para lograr la ansiada unidad electoral del soberanismo. Al final, con la complicidad de la Assemblea Nacional de Catalunya (ANC) y la claudicación de ERC, conquistó su objetivo, pero un año después de aquel pronunciamiento la elección del nuevo ‘president’ sigue encallada por una doble negativa: la de la CUP a investir a Mas y la de Junts pel Sí –y particularmente de Convergència-– a hacer efectivo el sacrificio por este anunciado.»Condiciones personales», al cabo.

Merced a la votación-sondeo que realizó entre sus bases en Manresa, la CUP ha logrado blindarse ante las incesantes presiones políticas, mediáticas y sociales para que dé su brazo a torcer. Ahora la pelota está en el tejado de Junts pel Sí, que puede ofrecer un aspirante a la Presidencia distinto a Mas o esperar a que el 10 de enero el Parlament se disuelva como un azucarillo, y con él la mayoría soberanista en escaños del 27-S. Gana tiempo la fuerza anticapitalista hasta después de las elecciones generales del 20-D, que en Catalunya medirán la pujanza de Ciutadans y el equilibrio de fuerzas entre CDC (ahora, Democràcia i Llibertat) y Esquerra. El enroque ‘cupaire’ también busca agudizar las contradicciones internas de Junts pel Sí, en la confianza de que ERC rompa su leal quietismo y presione a fondo a CDC para dinamitar la disyuntiva binaria ‘o Mas o marzo’.

Salvo que la trama dé un giro dramático por ahora imprevisble, en enero Mas tendrá que elegir entre tres opciones distintas, a cual peor: primera, renunciar a la Presidencia a cambio de que la conserve CDC; segunda, repetición de las elecciones con otro candidato convergente; y tercera, optar a la reelección, con grave riesgo de una derrota que abreviaría su reseña en los libros de historia.

Y luego está lo del proceso, el nuevo Estado, la República catalana… A quien acabe presidiendo la Generalitat, tarde o temprano, le tocará explicar que, aunque la voluntad persista, la independencia, mientras no se den condiciones más propicias, seguirá siendo el objetivo político de muchos, pero a largo plazo. Ese reconocimiento sí será una verdadera inmolación, «condiciones personales» al margen.