Escribo estas palabras recién canjeados los regalos que, ya por gusto, ya por talla -las Navidades engordan más que la tele-, sus majestades no acabaron de acertar. Lo mejor de las Navidades es que se vayan y se apaguen las lucecitas de los arbolitos hasta que pase un año. Las elecciones son más discretas, ya que solo se celebran unas cada cuatro Navidades, aunque al ser tres -municipales, autonómicas y estatales- más alguna que otra consulta o referéndum, podrían llegar al empate. Quiero decir con eso que mi total felicidad posnavideña queda este año enturbiada por la posibilidad de dos inminentes amenazas electorales con los mismos y pesados protagonistas de las de hace cuatro días, es decir, el día de la marmota. Y encima, pagando.

De idéntica manera que escribimos cartas a los Magos, también escribimos a los políticos nuestra carta a los Reyes pidiéndoles que organicen el cotarro de la manera más digna. La gran diferencia es que, si no hemos sido buenos chicos, los de Oriente nos traen carbón, y los de aquí, después de demostrar su perfecta inoperancia en el arte de lo posible, se limitan a convocar nuevas cabalgatas y aquí no ha pasado nada. Como los comercios, también los partidos harán su campaña de rebajas intentando quitarse de encima aquellos artículos que no lograron colarnos en su primera oferta y sustituyéndolos en los escaparates por las novedades de entretiempo 2016.

Un fracaso de los políticos

Anticipar elecciones es un fracaso de la clase política y deberían pagar a escote por ello. Ya les imagino intrigando apasionadamente con los diseñadores y fotógrafos para obtener nuevas imágenes que nos hagan apetecible el plato recalentado y devuelto a la mesa. E imagino, no sin horror, las nuevas sonrisas, selfis, visitas a los mercados, bailoteos e himnos triunfales en los mítines. No, no se avergonzarán de repetir a gritos lo que en voz baja no han sabido resolver, ya que la pavloviana parroquia les volverá a animar con vivas, besos y abrazos. Y volverán los debates, el insulto, la mentira, el y tú más, la vergüenza ajena… Y todos volverán a ganar, como siempre.

Propongo que este año seamos nosotros, los niños votantes, los que tiznemos de carbón a esos comediantes disfrazados de Reyes. ¿Se imaginan una cabalgata sin niños porque todos conocen ya la falsedad de la magia? Pues lo mismo: urnas vacías, ni una sola carta volviendo a pedir el juguete que nunca nos traen. A las ocho y cinco de la tarde ya tendríamos recuento y podríamos ir a dormir temprano, para que no nos sorprendiesen los pajes. Y, tal vez, ellos y ellas empezarían a darse cuenta de que no visten armiño ni viajan en carroza oficial, que solo son una defraudada ilusión infantil.

JOAN OLLÉ – Director teatral