Han oído hablar del marketing de los sentidos? No es del todo nuevo. Cuando yo estudiaba ya nos contaban lo importante que es convertir la compra de un producto en una experiencia, asociarla a un sentido y, por tanto, a un sentimiento. Para conseguirlo se utiliza desde rociar los supermercados con olores agradables (pan caliente, caramelo, etcétera) a buscar eslóganes vibrantes (“la chispa de la vida” para vender una bebida gasificada, por ejemplo). Pero esta técnica se ha hecho viral. Las empresas e instituciones ya no quieren realizar actos solemnes, ni convocar jornadas de debate. O no sólo. Ahora en todos estos actos debe haber algún gurú de la autoestima que entusiasme a los asistentes contagiándoles energía, voluntad y optimismo. Y si, además, el público ríe y llora, mucho mejor.

Me parece bien. En el mundo de los negocios falta a menudo un poco de humanidad, ahogada tras la ganancia a cualquier precio. Si a un ejecutivo despiadado le cae una lagrimilla recordando los sacrificios que sus padres hicieron por él, quizá le costará algo más apretar el botón del despido automático.

Pero donde esto del marketing de los sen­tidos está triunfando es en la política. Tampoco es un invento de ayer desde que un político aprendió que besando a bebés y hablando de vez en cuando de su madre conseguía más votos. Esta técnica para convencer al votante se ha extendido de tal forma que amenaza ­seriamente el debate de las ideas y las ­propuestas.

Quizá es porque, en un año con cinco convocatorias electorales, a los partidos y a los candidatos les ha costado memorizar tantos programas distintos. Pero es curioso que, en un año con más debates electorales y presencia en los medios de los cabeza de lista de lo que nunca habíamos imaginado, se hable más de si Rivera estaba excesivamente nervioso, o si Rajoy no sabe encender una cocina eléc­trica, de cómo sudaba Pablo Iglesias o de si Sánchez es demasiado guapo o no. Y lo mismo pasa con las tertulias más o menos profesionalizadas donde a veces se utilizan ar­gumentos más propios de hooligans enardecidos. Recordemos que el mismo candidato a re­validar la presidencia del Gobierno, Ma­riano Rajoy, dijo: “Me votaré a mí mismo porque confío en mí, me conozco bien y hago ­justicia”. Encantado de haberse conocido y de que le demos nuestro voto. Lo dijo, por cierto, mientras comentaba un partido de la Champions en la radio. Todo puro marketing de los sentidos.

No hay ni que hablar del caso catalán. Aquí, como en las generales, ha habido un montón de personas envueltas en banderas. Cuatribarradas, estrelladas azules, estrelladas rojas, españolas, azules con las estrellas europeas… Algunos, bajo las banderas, iban bien desnudos y con las vergüenzas al aire. Pero no hay problema, cuando se compite por quién tiene la bandera más grande, las hay que lo tapan todo bien tapado. Nos llegan al corazón, nos enardecen y nos hacen sentir únicos y especiales.

Pero con las banderas y los candidatos simpáticos y justos pasa como en el supermercado. Acabas harta de tantos olores, colores y frases vibrantes y vuelves al mercado de toda la vida. Allí la pescadera, el bacaladero, la carnicera y el charcutero saben que, por muchas lucecitas que le pongan, si el género no es de primera y el precio justo, nunca volveremos a confiar en ellos.