¿Les gusta el póquer? A mí, me encanta, pero si antes de repartir las cartas se me advierte de que las normas de la partida son tales que un repóquer mío perdería ante un full por el único motivo de que mi rival fuese de Lleida o de Soria, lo más probable sería que abandonase el tapete verde y me largase a respirar aire fresco. Tengo ante mí un grabado francés del XIX (que bien podría ser una viñeta de ‘Charlie Hebdo’) en el que se aprecia como una guillotina decapita a un humilde ciudadano bajo el lema !’Votez, votez, connards’! Los equivalentes  en castellano de la palabra francesa ‘connard’ pueden ser mil: tonto, imbécil, estúpido, idiota… Y, de entre todos, permítanme que me quede con el último sinónimo, palabro que, en latín, se usaba para designar a quienes se preocupaban solo de sus intereses particulares, sin prestar atención a los asuntos públicos.

Así como Sánchez insultó a Rajoy, y este le replicó multiplicando por cuatro sus improperios, quiero hoy agraviar y denostar a mi muy admirado Antonio Banderas por lanzar, desde una perfecta sonrisa hollywoodense, festivas papeletas al aire invitando a votar, así como quiero también vilipendiar y difamar a mis muy próximos Iglesias y Garzón por anteponer «sus intereses particulares a los públicos», ya que es propio de capullos y zoquetes aceptar que un millón de votos pueda equivaler a dos diputados de IU cuando, por el mismo precio, el PP obtiene 20.

Perversiones contables

Pero los peores insultos los reservo para mí y para el 73% del censo electoral, que, como asnos, borregos y tarados, acudimos una vez más a la urna sabiendo que una consentida guillotina decapitaría nuestra voluntad en virtud de las perversiones contables de Elbridge Gerr, gobernador de Massachusetts a principios del XIX (ver Gerrymandering) y de los cálculos de un tal Victor d’Hondt. No, no llego a entender la razón por la que los algunas comunidades no merezcan un trato personalizado y, en cambio, ser leridano o soriano sigue siendo un chollo.

Vistas las dificultades de los partidos para lograr acuerdos de gobierno y ante la amenaza de unos nuevos comicios presididos por la misma y aberrante ley electoral, acogiéndome a la política-ficción (tal vez más  cercana a la realidad), he hallado la salida del laberinto (siempre por arriba). Consiste en recontar los votos emitidos hace apenas dos semanas a la luz de aquella fórmula por la que tantos siglos luchó la humanidad: una persona, un voto. Serían mucho más fáciles los pactos. Es muy probable que alguien me argumente, con más conocimiento de causa que un servidor, que el tiempo hace evolucionar las cosas. Yo le responderé, desde mi muy elaborada ignorancia, que el futuro tiene un corazón antiguo. Y que no cuenten conmigo hasta que sepan sumar.