• Volver a la consulta es saberse mover aunque superar el lío exige vida inteligente

El ‘president’ deja patente en esta reveladora entrevista tanto su carácter realista como la gran dificultad de su tarea: encontrar la salida al laberinto en el que la sentencia del Estatut y el programa de la dispar coalición que ganó las elecciones del 27-S han encerrado a Catalunya.

A Carles Puigdemont le gusta viajar, otear horizontes. Tiene alma de poeta rompedor pero el haber nacido en una familia ‘botiguera’ le obliga a ‘tocar de peus a terra’. Estudió periodismo, se inscribió en el partido dominante, ha sido alcalde de una capital emblemática y -un poco por fidelidad nacionalista, otro poco por ‘seny’ y bastante más por casualidad- preside el país.

El realismo le lleva a contestar dos veces -a Ana Pastor y a Jordi Évole– que la desconexión empezó con el recurso del PP y la sentencia del Estatut. Y a señalar que Pedro Sánchez es más audaz que Rajoy al haber venido a Barcelona para abrir una canal de negociación.

Por eso cuando el director, Enric Hernàndez, y Neus Tomàs le ponen crudamente ante el programa de Junts pel Sí que promete “proclamar la independencia” y “la desconexión de España”, contesta honradamente: No habrá declaración unilateral de independencia en 18 meses.

Es de alguna forma una marcha atrás que intenta paliar con la elaboración de una angélica teología de la liberación: elecciones constituyentes (con la ley electoral española porque Catalunya ha sido incapaz de desarrollar esa competencia en 36 años), elaboración posterior en el vacío de una modélica Constitución y apoteosis final con referéndum aprobatorio…

Bueno, la legalidad catalana dice que para cambiar el Estatut se requiere una mayoría de dos tercios del Parlament y JxSí pretende enterrar con nocturnidad esta “norma propia”. Explicación: ‘el proces’ es cosa de «la gente».

Pero Puigdemont vuelve al realismo. ¿Cómo salir del lío? “Estamos en un camino que no ha recorrido antes nadie” y en el tramo final todo cambia si el Estado admite una consulta en la que se podría pactar mucho (fecha, pregunta, inclusión de la opción tercera vía, quorum…). También cambia en función de lo que piensen los tenedores de la deuda española, o de si Gran Bretaña sale de la UE. ¡Caray!, confiesa que busca con desespero huir del atolladero.

El problema es -lo reconoce- que Sánchez,  “más audaz queRajoy” solo contempla el referéndum de reforma de la Constitución y el siguiente del nuevo Estatut. ¿Podría ser esa -como agudamente sugería el viernes Bru de Salauna vía de escape? Desde luego no en 18 meses.

Puigdemont hace un esfuerzo voluntarioso de corregir -sin abdicar ni decepcionar a la afición- el programa de JxSí que era ‘Alicia en el país de las maravillas’. Para los independentistas, claro. Para el 47,8% de los que votaron el 27-S. Mejor, para el 39% porque las CUP quieren sacar a Catalunya de la Unión Europea. Y ese es otro negociado.

El CEO del viernes certifica que los que quieren la independencia son el 45%. Y los que no la quieren otro 45% con alguna décima mas. ¡Empate endemoniado!

Pero en este atolladero no nos ha metido Puigdemont. Ni tampoco solo Artur Mas. En gran parte hemos llegado porque el PP recurrió ante el Constitucional -creía que le ayudaría a echar a Zapatero– un Estatut que consolidaba a Catalunya como una nación dentro de España y que había sido aprobado por las Cortes Españolas y por un referendo en Catalunya.

Puigdemont solo no puede salir del laberinto. Necesita vida inteligente, también en Madrid. Que el PP no tenga mayoría absoluta es condición necesaria. No suficiente.