Los conceptos, como los seres vivos, nacen, crecen, se reproducen y mueren. También se ponen de moda o dejan de estarlo, se arrinconan y hasta se demonizan, porque no interesan. Sin ir más lejos, algo de esto está ocurriendo en Cataluña con el federalismo y sus variables, que está siendo sepultado por el binario simplismo: independentistas-unionistas.

Parece que para algunos politólogos al uso, el asunto puede resultar un tanto anticuado y desde luego para los nacionalistas en general, el término no evoca nada bueno por lo que de espurio conlleva ¿Acaso el amor a la patria, puro, lineal, íntegro… puede ser mancillado con cualquier fórmula capaz de debilitarlo o cuestionarlo? Habrá quienes asociarán el federalismo a la antigua Alemania occidental, no faltarán quienes lo identifiquen con los uniformes azules de los yankeesen la guerra americana de secesión, pero no hay que olvidar que el 6 de octubre de 1934, el entonces presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamó el Estado Catalán dentro de la República Federal Española.

Es cierto que el federalismo puede entenderse como un sistema político en el que las funciones de gobierno están repartidas entre territorios asociados, que delegan competencias en un ente federal central. Sin embargo, para Pierre-Joseph Proudhon-el filósofo francés que acuñó aquello de que “la libertad no es hija del orden sino su madre”-, la Federación no es solo una forma de Estado sino un principio. “Un individuo está federado si y solo si cada parte recibe a cambio de lo entregado algo proporcional y si se entrega a la federación menos libertad de la que tiene el individuo”, sostiene Proudhon. “Si no hay acuerdo, no hay libertad”, recalca.

Y esto vale desde la pareja hasta la organización del Estado, pasando por todo lo que en la condición humana trata de compaginar diversidad y unidad. “La ventaja del sistema federal es que puede reunir en apretado haz todas esas fuerzas hoy dispersas y guiarlas hacia un objetivo superior y común a todos en todo orden de intereses”, escribía J. Casas Cartañá, en la edición del 9 de mayo de 1933 de El Diluvio. El federalismo ofrece alternativas a los problemas derivados de la diversidad étnica, religiosa, política, social, económica… Es una respuesta a las divisiones políticas y sociales, que implica el reconocimiento de que los intereses y valores en conflicto siempre están latentes, y que dicho conflicto es normal. Etimológicamente, el término “federación” implica alianza o pacto de unión y proviene del latino foedus. Foederare equivale a unir, ligar o componer.

No hace aún mucho, en mayo de 2013, el PSC lanzó un proyecto que, bajo el título “Por una reforma constitucional federal”, proclamaba que “el federalismo está especialmente indicado para vertebrar Estados que contienen distintas naciones y por eso resulta adecuado para España” ¿Dónde ha ido a parar tal propósito? ¿Quizá al mismo lugar que la estupenda iniciativa “Federalistas de Izquierdas”, que tantos apoyos recabó en Cataluña y que algo o alguien se encargó de disolverla?

Y así estamos. Asistiendo, a veces atónitos, al pulso entre patriotas de uno y otro signo, viendo cómo se torpedea la “tercera vía” (que así se ha dado en denominar todo lo que se salga de la dialéctica dominante), reduciendo todo el asunto a referéndum sí-referéndum no… Quizá no estaría mal prestar un poco más de atención a lo que quiere decir el lehendakari Iñigo Urkullu, cuando propone federalizar el propio País Vasco.