En 1964, Hannah Arendt fue entrevistada en la televisión de Alemania Occidental por Günter Gaus. El texto transcrito ganó el premio Adolf Grimme y se publicó bajo el título “¿Qué queda? Queda la lengua materna”. Gaus preguntó a la filósofa judía si añoraba “la Europa del periodo previo a Hitler (…)” añadiendo: “Cuando usted regresa aquí, ¿cuál es su impresión?, ¿qué queda y que se ha perdido para siempre?”. La respuesta de Arendt es terminante: “¿La Europa previa a Hitler? No, no la añoro en absoluto, se lo puedo asegurar. ¿Qué queda? Queda la lengua materna”. Repregunta Gaus: “¿Y eso significa mucho para usted?”. Rápida, Hannah Arendt contesta: “Mucho. Me he negado conscientemente a perder mi lengua materna. Siempre he mantenido una cierta distancia tanto del francés, que por entonces hablaba muy bien, como del inglés, idioma en el que actualmente escribo”.

Es interesante como la autora de Eichmann en Jerusalén se explaya: “Escribo en inglés, pero nunca he perdido la sensación de distancia que me separa de él. Hay una enorme diferencia entre tu lengua materna y cualquiera otra lengua. En mi caso puedo explicarlo de manera simple: sé de memoria una buena parte de la poesía alemana, y de alguna manera esos poemas están siempre dentro de mi cabeza, in the back of my mind. No conseguiría nada parecido en una segunda lengua, es algo irre­petible. Me permito cosas en alemán que nunca me permitiría en inglés (…), en cualquier caso, la lengua alemana es lo más esencial que ha quedado y lo que yo siempre he preservado conscientemente”.

Sorprendido, el interlocutor de Arendt le inquiere si esa preservación de la lengua ha superado incluso “los momentos más amargos”. Ella contesta: “Siempre. En primer lugar, porque pensaba para mis adentros: ‘Bueno, no es la lengua alemana la que enloqueció’. Y en segundo lugar, porque la lengua materna es insustituible. Hay gente que llega a olvidar su lengua materna, lo he visto”. ¿Se olvida la lengua por alguna suerte de represión? “Sí, con frecuencia”, contesta Hannah Arendt. “He conocido casos –añade– en los que se trataba de una conmoción (…)”. Y continúa: “Mi experiencia más destacable al regresar a Alemania –aparte del reconocimiento personal– (…) fue una intensa conmoción. Y después, oír hablar alemán en la calle: para mí fue una alegría indescriptible”.

Hannah Arendt no se sentía propiamente alemana –sí ciudadana de Alemania– ni desarrolló por su país de nacimiento –luego del Holocausto– ninguna añoranza especial, pero en sus palabras queda meridianamente claro que la lengua materna, el alemán para ella, políglota, no sólo era un factor de identidad, sino también de algo más profundo: de su integridad personal. Su lengua materna la explicaba a sí misma porque formaba parte de su ser con independencia de la barbarie que en nombre del pueblo alemán perpetró el nazismo. Como en tantos otros aspectos del conocimiento humano, Hannah Arendt nos alecciona personal y colectivamente: lo que queda es la lengua materna, sea cuales fueren las circunstancias históricas de su comunidad hablante.

Bastan las citas de la intelectual por antonomasia del siglo pasado para ­advertir que, tratándose de la lenguas maternas, la política ha de ser exqui­sitamente delicada, ecuánime, sensible y responsable. Ahora se discute –ahí está el manifiesto por el mono­lingüismo del grupo Koiné y un bo­rrador de constitución catalana que declara cooficiales el catalán y el aranés pero no el castellano– el futuro lingüístico de una Catalunya independiente y estatalizada. Aunque sea hoy por hoy una fabulación, ima­ginemos que esa situación polí­tica y jurídica llegara a darse: ¿podría entenderse que el castellano no fuera una lengua oficial de Catalunya como el catalán siendo la ­materna de tantos cientos de miles, millones, de catalanes? Parece un despropósito de tanta envergadura como lo contrario, que fue lo que sucedió en el franquismo. Y es muy preocupante que los con­flictos lingüísticos –a veces, tan desco­nectados de la realidad– sigan produciéndose en comunidades bilingües como la ca­talana que asume esa pluralidad con la na­turalidad que determinadas minorías de distinto signo ma­nipulan.

La identidad catalana y la integridad de los catalanes, más allá de ideologías, se localizan, entre otros factores, en el recíproco respeto a ambas lenguas, el idioma catalán y el castellano. Un respeto que tendría que ser ge­neral como reflejo de una tolerancia activa y de aprecio por un patrimonio común. La conciliación de la convivencia entre unos y otros se fundamentará sobre eso “que queda” imperecederamente que es la lengua materna, en los términos tan expresivos utilizados por Arendt. Y el que lo dude o lo descrea, se confunde y contrae el riesgo de desatar las peores hostilidades. Aquí o allí.