Si la Assemblea Nacional Catalana (ANC) es la respuesta, ¿cuál era la pregunta? Saberlo con exactitud es muy importante. Hace pocos días que Jordi Sánchez ha sido reelegido presidente por los miembros del nuevo secretariado de esta entidad que propugna la independencia de Catalunya y que irrumpió no hace todavía cuatro años. La celebración de elecciones internas estuvo rodeada de tiranteces, reproches, acusaciones, zancadillas y un peculiar reglamento, tan estricto que –por ejemplo– se prohibía que los candidatos a formar parte del secretariado aparecieran en programas de radio y televisión. Después de las votaciones, unos y otros han hecho –con cara de circunstancias– declaraciones públicas apelando a la unidad, como recomienda el manual a cualquier organización que pretenda llevar a cabo una tarea difícil. Con todo, las pugnas entre bandos han expresado a la opinión pública la idea de que la magia se ha agotado. La ANC no ha podido esquivar algunos de los males y los tics que afectan a los partidos y, ahora, es todavía una herramienta importante pero con menos atractivo y menos autoridad que hace un tiempo.

Antes de continuar, digamos tres cosas que la ANC ha hecho de manera excelente y que la han convertido en un actor social y político de primer orden, sin el cual el proceso no podría explicarse. Primera: articular por todo el país a miles de personas que –desde siempre o desde hace poco– consideran que Catalunya debe ser un ­Estado independiente. Segunda: movilizar de manera pacífica, ejemplar y transversal una parte importante y muy dinámica de la sociedad, especialmente en varias manifestaciones multitudinarias del 11 de Setembre y en la celebración exitosa del 9-N. Tercera: proyectar al mundo –junto a Òmnium, la AMI, el Govern y los partidos concernidos– una voluntad de cambio que se basa en argumentos democráticos más que en posiciones identitarias. La ANC ha realizado con eficacia estos encargos y, de paso, ha permitido que muchas personas que se habían alejado del hecho político –no pocos exmilitantes de partidos– volvieran a implicarse y participar de manera activa en un proyecto colectivo.
Las asambleas territoriales están llenas de mujeres y hombres con experiencia ­laboral, asociativa y política, un capital ­humano extraordinario que ha asegurado que la marca ANC sea un caso único en el contexto de Europa occidental, como han subrayado varios observadores internacionales.

Pero la ANC no ha acertado tanto cuando ha querido marcar el tiempo de la política y cuando ha tocado fijar lo que se ha denominado hoja de ruta o la concreción de unas determinadas decisiones que corresponden a la esfera institucional. Lemas como “Tenim pressa” y “President, posi les urnes” no han ayudado mucho a convertir en estrategia inteligente un ­anhelo de miles de ciudadanos. Asimismo, la ANC también se ha visto afectada por la distancia entre las dinámicas locales movidas por una visión activista transversal y las pulsiones partidistas en la cúpula directiva de la entidad, excesivamente vulnerable a la competencia entre CDC, ERC y la CUP. Demasiado a menudo la dirección de la ANC –y la de Òmnium con menos ruido– ha sido campo de batalla entre formaciones que comparten –en teoría– un mismo objetivo. Es una paradoja que actitudes que criticamos en cargos de partido se hayan reproducido en algunos miembros –no en todos– del secretariado de la ANC.

Entre los primeros impulsores de la ANC está presente la idea de que toca “una forma nueva de hacer política que sepa facilitar el avance del movimiento, en lugar de enfriarlo o desviarlo”. Eso va acompañado de desconfianza hacia la clase política y los partidos, y de la necesidad de alimentar el mito de la unidad, que algunos identifican con aquella Assemblea de Catalunya que operó al final del franquismo y la transición. Con el tiempo, y a medida que el proceso coge fuerza, la ANC adopta una función de liebre y, a la vez, de vigilante de lo que hacen el Govern, Mas, CiU y Esquerra, no siempre con equidistancia. Por otra parte, parece que la ANC contiene la semilla de un hipotético partido –una especie de SNP de Salmond– que podría activarse si convergentes y republicanos no respondían a las expectativas de la parroquia independentista. La creación de Junts pel Sí –que no se habría hecho sin el aval de la ANC y Òmnium– genera una relación diferente entre los partidos y la ANC, y entre esta y su misión fundacional. La CUP –que nunca ha visto la ANC con mucha simpatía– fue la gran beneficiada del discurso unitario que Junts pel Sí emitía durante la campaña del 27-S, un gesto deudor del espíritu de la entidad civil. Una ironía del proceso.

Junts pel Sí es una carcasa que no tiene quien la quiera, la CUP es un actor atrapado en su influencia determinante, Carles Puigdemont es un president encajonado en un calendario diabólico, y el proceso ha entrado en un parón que todo el mundo ve pero nadie se atreve a hacer oficial.

En este contexto, la ANC podría –si hay coraje– invitar a rehacer el trayecto sin renunciar a la destinación elegida.