• El ‘delito’ de los socialistas catalanes es poner por escrito lo que hace tiempo que vienen defendiendo

El 26 de febrero de este año, en una entrevista en Ràdio Barcelona, Carme Chacón, que como todo el mundo sabe es una de las socialistas más sospechosas de ser independentista, explicó que si en un referéndum sobre la reforma de la Constitución los catalanes votasen en contra debería interpretarse el mensaje y buscar una alternativa. «Deberíamos ponernos todos a trabajar [empezando] probablemente por lo que hizo Canadá, que decidió aprobar la ley de suficiencia y claridad para decir que, en cualquier caso, la pregunta tenía que ser pactada y muy clara, y la mayoría tenía que ser suficiente», resumió Chacón.

Un mes después, el 23 de marzo, el también muy peligroso secesionista Miquel Iceta defendió su convencimiento de que los catalanes apoyarían un cambio de la Carta Magna y que, de no ser así, el camino a seguir sería el canadiense.

Y esta semana, el PSC ha cometido la osadía de poner por escrito lo que lleva tiempo defendiendo. Su ‘delito’ es actuar con coherencia y que la ponencia política que se debatirá en el próximo congreso tenga en cuenta un plan b a un posible fracaso de la vía que el socialismo resumió en la declaración de Granada. Reclaman un referéndum legal, claro y no vinculante ¡Menudo sacrilegio!

Como ha demostrado el resultado del 26-J, el ecosistema político catalán no es ni mejor ni peor que el resto, pero sí es diferente. Solo Catalunya y Euskadi están pintadas del morado de un partido que no hace anatema de las consultas. Y lo hace sin participar de la exaltación de las bajas pasiones en las que muy a menudo caen los extremos, tanto el independentismo como el unionismo. A medio camino se sitúa una izquierda que ahora ha demostrado que es incapaz de entenderse pero que tal vez en un futuro esté obligada a hacerlo.