Reinventarse, recrearse. Eso es lo que pretende –dicen– Convergència Democràtica de Catalu­nya entre mañana y el domingo, con la celebración del decimoctavo y último congreso del partido nacido en 1974 y el primer congreso de la nueva organización que aspira a articular, más o menos, el mismo espacio sociopolítico, de acuerdo con los nuevos tiempos y los nuevos retos. CDC se disuelve antes de cumplir los 42.

Para abordar la cuestión con una cierta perspectiva, propongo que partamos de dos frases que me parecen iluminadoras. La primera es de Josep M. Cullell –exdirigente histórico– y fue pronunciada a finales de los setenta, cuando el partido era todavía muy tierno: “Convergència es como un tren en marcha hacia el pleno autogobierno de Catalunya, y cada uno iremos bajando en la estación que nos corresponda”. La segunda frase es del desaparecido Pere Esteve, y la dijo al ser nombrado secretario general en enero de 1996: “Después de Pujol, Convergència”. La profecía de Cullell subrayaba el carácter transversal y –digamos– provisional del proyecto convergente, una confluencia –en lenguaje de hoy– de personas y grupos unidos sólo por el nacionalismo, que irían separándose de acuerdo con sus sensibilidades y prioridades, llegado el momento. La profecía de Esteve –que acabó abandonando el partido y siendo conseller de Maragall– fue un intento de enterrar el legado de Roca, el único cofundador de la casa que –en 1992– plantó cara a Pujol para intentar ser sucesor y, sobre todo, evitar que el hijo mayor del president cortara el bacalao en asuntos relacionados con la financiación de la organización.

 Cullell acertó (en parte) y Esteve se equivocó. Cullell no hablaba de los votantes, sino de los dirigentes, cuadros y militantes. Hay que tener presente que –desde el 2012– los contrarios a la independencia han bajado –casi todos– del tren. Hoy, CDC ha reducido una parte de su ambigüedad, la vinculada al eje nacional. Es un partido independentista pero, a la vez, todavía quiere ser un lugar de encuentro y de síntesis de ideologías diversas que miran hacia el centro. Esteve, en cambio, no podía prever que, después de Pujol, el pujolismo sería disuelto por tres factores muy potentes: el crecimiento de la voluntad de independencia, el estallido del caso Pujol y la profunda transformación generacional, cultural y social del país. Una vez jubilado Pujol, Mas no tuvo más remedio que enterrar el pujolismo, mucho antes de la confesión del patriarca. Cuando Mas llega a la presidencia en el 2010, es evidente que la Catalunya pensada por Pujol ya no existe y hay que revisar los fundamentos del relato convergente. Esta tarea quedó a medias, a causa de la crisis económica y la crisis institucional provocada por la sentencia del TC sobre el Estatut.
Ahora estamos ante una operación tan inusual como delicada: CDC quiere dejar de ser CDC pero sin perder lo mejor de CDC. La cuadratura del círculo. ¿Lo conseguirán? Es hora de cirugía, no de cosmética. El PSUC supo refundarse como ICV y eso le permitió surfear la crisis del comunismo. Detrás de aquella maniobra estaba la necesidad de restaurar la credibilidad de los comunistas en la normalidad democrática. Restaurar la credibilidad es también el objetivo implícito de los convergentes, que no pueden confiar en que el firme compromiso de Mas con la independencia compense por sí solo todos los puntos débiles de una maquinaria afectada por el desgaste de años de gobierno, por el escándalo de la herencia de Pujol, por corrupciones reales o fabricadas, por la gestión de los recortes, y por una imagen rígida, vertical y cerrada, que no cambia quitando las corbatas de los cuellos de los principales dirigentes.

Todas las informaciones que tenemos describen una refundación hecha bajo la autoridad de Mas, la única figura hoy capaz de arbitrar en la dura pugna de sectores y notables. Encontrar un equilibrio estable entre familias políticas y egos es condición necesaria pero no suficiente para extirpar los daños que han convertido CDC en una herramienta gastada y una marca que pierde votantes. El lunes, cuando el nuevo partido sea una realidad, la pregunta clave será: ¿en qué se diferencia la nueva organización de la vieja? Si las diferencias no son sustanciales y no saltan a la vista, el viaje no habrá servido para restaurar –como decíamos– la credibilidad de su proyecto y para conectar con una ciudadanía que –remarco– tiene poco que ver con la que daba mayorías holgadas a Pujol. En este sentido, sería incomprensible que Puigdemont –que es el principal activo de CDC hoy– no tuviera un papel preeminente en la definición y en la estructura del nuevo partido. Me consta que el president tiene pocas ganas de responsabilidades orgánicas y que se siente lejos de la batalla interna, pero sólo hace falta tomar nota de los últimos espectáculos policiales para confirmar que Puigdemont –con o sin guitarra– será el termómetro de la autenticidad de la refundación. De la misma manera que él es también la pieza indispensable –la más fresca– para sacar del barro el carro del proceso.