Al retirarse la marea de las últimas semanas, con la desafortunada marejadilla del PSOE como colofón, nuestro panorama político se nos aparece como un arenal sin vida, una vez que de las rocas que lo circundaban han sido arrancados los últimos percebes. Un panorama desolador a primera vista, pero con oportunidades si se mira con atención.

Hablemos un poco del PSOE. La gente educada dice que los socialistas han perdido su discurso (hoy se dice más bien “relato” o, aún peor, “narrativa”). ¡Qué va! Lo que han perdido son los principios que inspiraron los primeros años que siguieron a la victoria del PSOE en 1982, unos años que vieron la construcción de un Estado de bienestar, lo peor de la lucha contra ETA, la crisis industrial que siguió a la transición política, la entrada de España en la Unión Europea; años en que los gobiernos del PSOE tomaron medidas, no siempre acertadas, que los partidos de derechas nunca se hubieran atrevido a plantear, por saberse carentes de toda autoridad moral, que dieron a España un papel en lo que todavía se llamaba concierto europeo, y que imprimieron a nuestro país un sello de prosperidad y de convivencia. Pero acabaron siendo muchos años, todo cansa y el poder corrompe. De las muchas formas de corrupción, la elegida por el PSOE ha sido la solidificación: el partido fue en sus inicios una esponja que absorbía y filtraba las aspiraciones de sus simpatizantes para traducirlas en normas y actos de gobierno a través de las instituciones. Hoy se ha convertido en un amasijo de estructuras rígidas que, a la vez que procuran que nada de lo que viene de abajo llegue hasta arriba, chocan entre sí, unos choques que ya no pueden terminar más que en ruptura. Y así el conflicto de personalidades que pudo haberse resuelto a estacazos en un descampado, a la manera inmortalizada por Goya, ha terminado por dar al traste con el partido mismo: no sólo personas, sino también órganos y procedimientos han quedado manchados. El electorado, que no parece dar gran importancia a lo que Arniches hubiera llamado “juveniles y ligeras estafillas” del PP, no ha perdonado al PSOE que, en una situación política como la de diciembre pasado, no haya sabido dominar sus pe­leas internas. El castigo de las urnas está bien merecido.

 El PP –que, digámoslo de paso, ya nació solidificado– tratará ahora de rematar al herido. Procuremos que no lo consiga, porque el PSOE nos hace falta. Hace falta una orientación de la política económica inspirada en la socialdemocracia: el divorcio entre el crecimiento y el empleo, el estancamiento de los salarios y la creciente desigualdad en el interior de las economías avanzadas son preocupaciones centrales de todo socialdemócrata y se han agravado con la crisis, mientras que las políticas más conservadoras recomendadas o impuestas desde la eurozona han sido, en el mejor de los casos, inútiles. Decía un economista olvidado, Arthur Okun, que capitalismo y democracia, en apariencia opuestos, se necesitaban el uno al otro: el capitalismo, para poner algo de racionalidad en la igualdad; la democracia, para poner humanidad en la eficiencia. Este es el discurso de la socialdemocracia, que espera un PSOE que le dé vida. Tan bueno es, que Podemos se lo está apropiando, aunque no le pertenece, porque Podemos no es socialdemócrata, o no lo son, al menos, sus líderes visibles.

El PSOE puede salir de entre las ruinas. Pero para ello ha de separarse de una vez de las tesis del PP sobre la unidad de España. No ha de asustar a sus electores con fantasmas de ruptura. Ni el movimiento independentista es cosa de cuatro chalados a los que hay que doblegar, ni vivimos los demás oprimidos por unos fanáticos esperando a que nos liberen desde Madrid. Los españoles de Catalunya somos, todavía hoy, una mayoría muy exigua en Catalunya, y vemos consternados cómo nada es tan eficaz para alimentar la llama del soberanismo como lo que viene de ese conglomerado que llamamos Madrid: cada vez que toma la palabra alguno de sus portavoces nos sentimos avergonzados, y cuando los independentistas nos dicen: “¿Veis cómo con estos no hay manera?” nos cuesta no darles la razón. Todos sabemos que la unidad de un país adopta formas diversas y que la actual, bajo la aparente libertad del entramado de las autonomías, es de las más rígidas. Las llamadas a la unidad invocan una España que no es la única posible; otras, mejores, se alcanzan con muchísima paciencia, pero sin estacas. Intuimos que bajo esas llamadas sólo se esconde la innoble aversión a ceder poder, y más de uno debe pensar que es Madrid, y no Catalunya, quien está rompiendo España.

No está de más decir, por último, que una ruptura con el PSC supondría el final del socialismo español tal como lo hemos vivido hasta ahora, con las aportaciones de Lluch, Serra o Maragall entre otros. Esperemos que una reconciliación no se produzca, una vez más, castigando al díscolo periférico.