Aceptadas las imposiciones de la CUP para obtener la confianza y aún sin presupuesto, el president Puigdemont está haciendo esfuerzos para hacer avanzar la hoja de ruta independentista sin atender al Tribunal Constitucional.

Dicho esto, los independentistas deberían recordar, como hago aquí, los fracasos que su idea ha cosechado a lo largo de la historia cuando se ha rehuido la legalidad establecida.

El primer intento de república catalana se produjo en 1640 en el contexto de la guerra de los Treinta Años. Richelieu empujó a los catalanes a crear una República catalana independiente bajo tutela del rey de Francia Luis XIII sobre la base del descontento por el poco respeto a las constituciones catalanas de Olivares y los abusos de las tropas castellanas involucradas en la guerra contra Francia. La República Catalana independiente resultó efímera pues bajo la protección de Francia, Catalunya quedó tan sometida a los abusos franceses como antes pudieran ser los castellanos y el episodio acabó muy mal pues llevó a que con la paz de los Pirineos de 1659 pasaran definitivamente a Francia partes de la “Catalunya histórica”: el Rosellón , el Conflent y una parte de la Cerdaña, territorios, estos, que integrados ahora en la nueva región “Occitania” sufren del centralismo de París más de lo que la Catalunya del Sur de los Pirineos sufre del menos eficaz centralismo de Madrid.

En la Guerra de Sucesión y el 1714 no se pidió la independencia de Catalunya y hubo que esperar al 1873 para que, en pleno romanticismo, el cantonalismo federalista de la I Republica permitiera a Baldomer Lostau proclamar un también efímero Estat Català inconsistente con la idea de “Orden,Paz y Justicia” del presidente de la República Pi i Margall.

Los otros dos intentos fracasados de independización de Catalunya resultan también efímeros por circunstancias bien diferentes. Lluís Companys y Francesc Macià –de la recién creada ERC– proclaman, aprovechando la caída de la monarquía, en abril de 1931, la República Catalana y el Estat Català. El experimento es abortado por la República y sólo se recupera la antigua Generalitat en unas difíciles negociaciones.

Después, el 6 de octubre de 1934 y tras el triunfo de las derechas en las elecciones generales y con el gobierno Lerroux, Companys proclama un Estat Català desde su presidencia de la Generalitat. El intento golpista es abortado por la República al igual que el estallido revolucionario de Asturias. El Estat Català proclamado por Companys sólo dura unas pocas horas.

Si estos intentos independentistas fracasaron –pese a intentarse en momentos de debilidad de España– no veo cómo ahora pueda triunfar la hoja de ruta independentista en una España bien anclada en la UE –a la que una Catalunya independiente no pertenecería– y miembro del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas además de apoyada por los mercados financieros mundiales y por las multinacionales.

¿No sería mejor volver a la prudente vía de Tarradellas en 1977?