• Pactar más autogobierno es posible, pero el unitarismo y el independentismo creen que pueden ser los vencedores

Han pasado siete años tras la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) que -con varios magistrados con mandato sobrepasado- anuló artículos del Estatut, aprobado cuatro años antes (2006) por las Cortes Españolas y los catalanes en referéndum. Y ahora, tras años de desafección y desencuentros, el Gobierno catalán ha anunciado fecha y pregunta del referéndum unilateral que, inevitablemente, implicará un choque con el Estado que puede tener negativas consecuencias para la siempre complicada relación España-Catalunya; la convivencia interna catalana, pues la población está muy dividida, y la consolidación de la recuperación económica.

Es difícil no indignarse, pues casi todas las encuestas dicen que la mayoría de catalanes ni están satisfechos con el estatu quo ni apuestan por la independencia. Preferirían un pacto que garantizara un mayor autogobierno y el respeto a las señas de identidad catalanas. Pero por intransigencia y dogmatismo, el minoritario Gobierno del PP y la escasa y poco cohesionada mayoría parlamentaria catalana (que solo alcanzó el 47,8% de los votos en las «plebiscitarias» juntando el 8% de la CUP, que también quiere irse de Europa) dicen que el pacto es imposible. El otro no quiere.

Puigdemont y Junqueras pintaron este viernes con tinta negra los males de España (como si Pujol e hijos y Millet-Palau fueran extraterrestres) y repitieron que la única solución era la autodeterminación. Sin aclarar cómo la alcanzarán sin violar la Constitución, las propias leyes catalanas como el Estatut, y las normas democráticas elementales. El fin, la independencia, lo devora todo. Y Rajoy afirma que no puede permitir nada que contradiga la Constitución, olvidando que el presidente del Gobierno puede hacer propuestas y que el inmovilismo -dejar pudrir el conflicto- perjudica.

AMBOS PERDERÁN PLUMAS

No sería fácil, pero sí factible, pactar un mayor autogobierno. Lo que pasa es que al independentismo y al unitarismo no les interesa. Por dogmatismo, por ansias de poder, y por tentación populista. Prefieren el choque de trenes porque ambos esperan salir, de una u otra forma, ganadores, mientras los observadores cualificados (este viernes, Tony Barber en el ‘Financial Times’) advierten de que ambos perderán plumas. Y pretender hacer un referéndum ilegal desde una institución del Estado suena a Kafka. Creer que luego permanecer en Europa planteará solo problemas menores es descabellado.

Sería mejor que antes del choque el separatismo asumiera que negociar exige pragmatismo y el PP aceptara que su actitud ante el Estatut fue excesiva. Además, ambos tienen techo de cristal. ¡Poca autoridad moral para dar golpes de Constitución, la de un Gobierno cuya amnistía fiscal ha sido declarada inconstitucional en sentencia unánime! Y está bien invocar la libertad de los pueblos, pero en las elecciones del jueves el nacionalismo del ‘brexit’, y también el escocés, han recibido dos serios golpes. Un poco de nacionalismo entona, como una copa de buen vino, pero cuando se vuelve excluyente daña la salud.