El conflicto de legalidades y legitimidades vivirá hoy un notable acelerón. Una vez se anuncien la literalidad de la pregunta del hipotético referéndum sí o sí y su fecha de celebración, el Gobierno de Rajoy tomará medidas para el referéndum no o no y el choque de trenes dejará de ser una metáfora. La ausencia de diálogo, utilizada en nombre del rigor jurídico o de una supuesta coherencia electoral, nos ha llevado hasta aquí. No ha habido que lamentar brotes violentos más allá de una feroz manipulación retórica, tanto del inmovilismo como del movilismo. La amenaza de los ­tanques por la Diagonal se ha mantenido en el ámbito de la ­caricatura preventiva, igual que la tergiversada idea de una ­Catalunya independiente bolivariana.

Hoy se inaugura la fase de la confrontación. Ya no se intercambian amenazas, sino que entramos en un periodo que, agravando las secuelas del 9-N, pondrá a prueba la legalidad constitucionalista y el modelo de insurrección parlamentaria. A estas alturas nadie puede alegar que ignora quiénes son los protagonistas del relato. Por una parte, los independentistas, que han sabido mantener un clima de protesta pacífica y alimentarse de los continuos errores del adversario. Por la otra, el inmovilismo constitucionalista, que, con sintomático cinismo, ha aceptado que se le acuse de no actuar democráticamente cuando defiende una concepción de la soberanía cien por cien democrática. Y asomando con una energía insuficiente está la llamada tercera vía, intento contorsionista de estimular el diálogo entre bandos nada dispuestos a dialogar y que no ha logrado articular una mediación solvente, a menudo porque los extremismos se han encargado de desacreditarla con el argumento, tan antiguo como grotesco, de que la mediación favorece al establishment o invita al caos.

Como en otros momentos, cuando se solapan defensas de derechos y urgencias revolucionarias, el riesgo se multiplica. Por eso no hace falta ser politólogo para intuir que a partir de hoy emergerá una cuarta vía que se había mantenido al margen de las expectativas bucólicas del nuevo país y de la roña antropológica de un Estado capaz de generar noticias tan ejemplares como (elijo al azar) “Roban el tambor de Manolo el del Bombo en Murcia”. La cuarta vía acoge el miedo a qué pasará y la intuición de que acelerar puede ser tan temerario como enrocarse. Sin acordarlo, los que transitan por esta vía constatan la impotencia de no ser ni lo bastante idealistas para hacerse independentistas, ni lo bastante obtusos para conformarse con el legalismo de los que han sido incapaces de parir ninguna alternativa, ni lo bastante ecuánimes para creer en un diálogo fructífero de verdad. La cuarta vía acoge a los que el derecho de admisión de las otras tres vías ha rechazado y tendrá que ver más con la duda, la decepción, el fatalismo e incluso el cinismo (“De cada ser humano, yo incluido, espero lo peor y raramente me siento decepcionado”, decía Johann Nestroy), que con la solemnidad patriótica que hoy parece el único argumento de la obra.