Antes, durante o después de la confrontación que está en marcha ­entre los gobiernos de Catalunya y España habrá que negociar un pacto. El sentido común indica que lo más inteligente sería alcanzar un acuerdo de ­mínimos o de máximos para evitar daños irreparables. La retórica oficial no va por ahí. Las instituciones del Estado están respondiendo judicialmente a los más pequeños quebrantos de la ley por el independentismo y el president Puigdemont acaba de decir que está dispuesto a ir a la cárcel como héroe, si llega el caso.

Ninguna de las dos partes está dispuesta a bajar al cauce del río, construir un puente si no lo hay y entablar conversaciones o ne­gociaciones para evitar que se rompan más vajillas de las imprescindibles. No tengo una fórmula mágica para suavizar un conflicto que se ha enquistado entre el Estado y Catalunya. 

Sobra convicción y falta inteligencia. Puede venir a cuento una de las batallas más exóticas per­petradas en el corazón de África entre Francia y Gran Bretaña, al lado del río Nilo en la población de Fachoda, hoy en Sudán del Sur. Se trataba de dominar aquel enclave para asegurarse las comunicaciones de los imperios definidos en la conferencia de Berlín de 1886 en la que se repartían a golpe de puntero, arbitrariamente, prácticamente todos los territorios africanos.

Una expedición de unos 400 soldados franceses llegaron a través de Congo y se plantaron a las orillas del Nilo. A los pocos días apareció una pequeña flotilla de soldados británicos con el general Kirtchener, el héroe de Jartum, al frente de ellos. El general francés, Jean-Baptiste Marchand, envió una delegación para llegar a un pacto.

Los británicos los recibieron con exquisita corrección, les sirvieron un té, y conminaron a los franceses a irse de allí. Las idas y venidas protocolarias duraron varios meses. Nadie en Europa sabía qué ocurría en Fachoda. ­Pero la delegación británica enviaba periódi­camente recortes de la prensa francesa, absolutamente dividida por el injusto caso Dreyfuss, el oficial judío que fue condenado a pena de extrañamiento por razones antisionistas. Al final, los franceses se desanimaron y levantaron el campamento.

El caso no habría tenido la mayor importancia si la prensa colonialista de Londres y París no hubiera convertido la falsa batalla de Fachoda en una gran confrontación, con el caso Dreyfuss por el medio que dividió a la sociedad francesa como demostró Émile Zola en su célebre denuncia Yo acuso publicada en el diario L’Aurore. Eran otros tiempos y era tanto el botín que repartir en las colonias africanas que nadie quería perder las oportunidades. Una guerra entre Francia y Gran Bretaña habría sido absurda e inútil. Todos habrían salido perdiendo.

No voy a abandonar la posición, que he mantenido desde que se planteó una confrontación con el Estado al margen de la legalidad, de la falta de apoyos internacionales y de la división que se ha producido en Catalunya en los últimos cinco años. La fuerza de las instituciones del Estado actúa a través de los tribunales y desde el Govern Puigdemont se responde que se hará caso omiso a lo que digan los jueces españoles.

Llegará el punto en que las declaraciones pasarán a los hechos concretos y la confrontación será inevitable. El tiempo de la retórica habrá acabado. El Tribunal Constitucional ha suspendido cautelarmente la vía exprés para la desconexión aprobada por el Parlament de Catalunya y aceptada por el president Puigdemont.

La CUP aprovecha su fuerza parlamentaria decisiva para forzar calendarios y apresurar el choque que es la máxima prioridad de los diez diputados que mantienen al Govern y que decidieron a finales del 2015 prescindir de Artur Mas al frente de la Generalitat. La CUP recurre dialécticamente a que si las cosas no se resuelven como ellos quieren siempre les quedará la calle, que es donde piensan acudir si se retrasa o se corrige el plan secesionista. La CUP quiere la independencia exprés y, de paso, ponerlo todo de patas arriba para fomentar la revolución anticapitalista. O ahora o nunca, deben de pensar.

Aunque pueda parecer iluso, pienso que hay tiempo todavía de alcanzar un pacto de Estado que recupere la confianza mutua y permita establecer con los cambios que se requieran un periodo de estabilidad. Es hora de estadistas y no de héroes o estrategas a corto plazo cuya ambición máxima es ganar las próximas elecciones. En situaciones de extrema tensión se pueden tomar decisiones irreversibles.

Todos los conflictos empiezan con grandes y eufóricas convicciones sobre la victoria que se alcanzará más pronto que tarde. Si ­miramos por el retrovisor de la historia­ ­europea contemplamos muchas expectativas que resultaron ser falsas porque no tuvieron en cuenta la fortaleza o la astucia del adversario. Nunca es tarde para alcanzar un pacto de Estado.